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Por Germán Bahamón Vanegas
Por una de esas paradojas de la vida, que se constituyen en inentendibles destinos de El Creador, ocupo hoy la atención de mis lectores, para expresar los sentimientos encontrados que embargan mi ser.
El pasado domingo, entré al envidiable club de los abuelos, como quiera que mi hija Claudia María, trajo al mundo un hermoso bebé de nombre Samuel, diminuto ser esperado ansiosamente por la familia, que como bendición de Dios, nació sin dificultades, sano y pleno de vida. Evocando al profeta judío, por decisión de sus padres, Samuel se constituye en otra razón de nuestra existencia y será su vida, otro compromiso más de quienes congregaremos su núcleo familiar. Su llegada, nos mostró la más bella faceta de la vida de Claudia, mi hija, quien amorosamente y con el corazón embargado de felicidad, inicia su papel de madre abnegada, amorosa y querendona. Efectivamente estamos, como diríamos en el más acendrado huilensismo, “bailando en una pata” de la felicidad de contar en nuestro entorno familiar con Samuel, y damos gracias al Creador por tan significativo regalo.
 Claudia y su esposo Simón Brand.
Simón y Claudia María, nos han prodigado la mayor felicidad con el nacimiento de Samuel, nuestro nietecito, que ofrezco a mis lectores.
Sin embargo, como no hay dicha plena, mientras el domingo esperábamos ansiosamente la llegada de Samuel, que ocurrió a las 7:30 de la noche, en Los Ángeles, California, a las 4 de la tarde de ese mismo día, recibimos la terrible noticia del fallecimiento de María Juliana, la segunda hija de mi hermano Felipe y de Maritza Fernández, quien a sus 20 años, en Jackson, Misisipi, donde se encontraba adelantando la práctica de su carrera de ingeniería industrial, perdió la vida en absurdo accidente automovilístico.
July, como cariñosamente era denominada por la familia y sus incontables amigos, vivió la vida a la velocidad que viven las personas que como ella llenaban los espacios de alegría, éxito y amor. Su tempranera e inesperada desaparición, sumió a la familia en el más hondo dolor y profundo pesar, al punto que hoy nos encontramos todos los hermanos rodeando de afecto, cariño y esperanza a sus padres Maritza y Felipe y a María Carolina y Tatiana, sus hermanitas.
Son, como lo expresé arriba, situaciones paradógicas de la vida, decisiones de Dios, que aceptamos sin entender, que embargan nuestro corazón de alegría y tristeza, en inexplicable sensación que debemos recibir como sabios designios del Señor.
A María Juliana, quien hoy alegra la Corte Celestial con la sonrisa, frescura y el amor que brindó en vida, la recordaremos con entrañable amor e imperecedera devoción. Paz en su tumba y elevamos a Dios oraciones para que sus padres, hermanas y sus abuelos Ruth Fernández de Fernández y Héctor Fernández, acepten los designios de Dios y fortalezcan sus espíritus, para que sigan con sus compromisos de vida con la plenitud de la Fe y el amor de Dios.
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