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Por Juan Carlos Ramón Rueda
Tal vez la historia recuerde nuestra época por la gran marcha que se desarrolló de manera excepcional el pasado lunes.
 La gran marcha en la calle 72 en Bogotá.
Tal vez este hecho sea recordado como el punto de quiebre, el momento tras el cual la sociedad reaccionó y se alejó definitivamente del síndrome de la inconsciencia y del adormecimiento en el que se encontraba, frente al padecimiento de la gran tragedia humanitaria en la que se ha convertido el secuestro interminable, abominable, crudo, duro, insoportable para nuestros sentidos y creo que por fin, para la mayoría de los ciudadanos del mundo civilizado. Tras la gran marcha, esta misma apreciación la deben tener presente quienes toman las decisiones en la guerrilla colombiana.
En los tiempos de la madre de todas las marchas, es necesario que las FARC acepten que se equivocaron de método. Que la sociedad NO acepta más los atropellos y las atrocidades cometidas contra ciudadanos, ni contra militares, ni contra políticos, ni contra miembros de sus propias cuadrillas, ni contra nadie. Es necesario que las FARC entiendan que la sociedad colombiana está dispuesta siempre, a consentir la posibilidad del ingreso de su gesta política en el escenario actual en términos de competencia intelectual, mediática, sincera y de frente a la nación y sus más importantes intereses. En mi teoría, las FARC podrían ser reconocidas por el pueblo colombiano como un actor importante de la política nacional, con una estructura ideológica de cambio, que tendría reconocimiento y aceptación popular en la medida en que ideológicamente esbozara soluciones para la realidad colombiana. Eso es posible, después de entregar de manera inmediata y unilateral a todos los secuestrados, tras de iniciar un proceso de diálogo y negociación con el estado colombiano y luego de abandonar totalmente el secuestro y el narcotráfico como medio de financiación de sus actividades y haber aceptado y comprometerse definitivamente, en no cometer nuevamente crímenes atroces.
En este momento excepcional, es posible consolidar un proceso nacional para construir la Paz con o sin las FARC como actores protagónicos. El objetivo nacional seria concretar un gran acuerdo para definir puntos de convergencia para enfrentar el terrorismo de las FARC y la gran amenaza que representa la evidente pretensión del Presidente Venezolano Hugo Chávez de extender regionalmente su proyecto político. La nación entera debe aprovechar este gran momento para definir estas premisas sustanciales. Por ello es necesario que el Partido Liberal, el Polo Democrático, las demás tendencias de oposición al Gobierno y las fuerzas políticas pro Uribistas, definan cual es su posición frente a las FARC, los actos de barbarie de este grupo y frente a las pretensiones de Chávez.
El Presidente Uribe, debe aprovechar este gran momento, no para vanagloriarse de su propio deleite, sino para apalancar tras los recientes hechos, un nuevo acuerdo nacional que ahora empiece a consolidar un proceso de Paz y no un proceso de Guerra.
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