| MI FAMILIA OPITA Y OTRAS HISTORIAS FANTASTICAS |
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Por Pablo Parra*
A Carvajalino le Sonó La Flauta
La historia de cómo se debe guardar el decoro según las mujeres aunque estés frente a un instrumento embrujado
Inexorablemente Carvajalino llega a Neiva cada San Pedro a vivir la fiesta con nosotros, un grupo sui generis compuesto por distintas “regionalidades” y nacionalidades, que nos la gozamos de lo lindo con el repetido comentario siamés -en medio de la baranduga- bien gritado:
- ¡Esta es la mejor fiesta del mundo…! - dice alguien del combo. - ¡Y la mas barata…! – le responde otro del grupo como una letanía.
- Mieda, es que todavía no han aprendido a move la cadera… así sí están jodido estos cachacos malucos – agrega Carvajalino.
Pero ¡qué!: Carvajalino se va quedando hasta el final.
La última vez, un artesano de musiquerías le vendió una flauta con el esperado comentario del barranquillero:
- Mieda (todo lo comienza con ese prefijo como si fuera un celular) po lo menos esto troncos que no saben baila siven pa hacé flauta. Un par de meses después se produciría el pequeño milagro que jamás volvería a repetirse como cualquier milagro que se respete.
II.- Minusválido social
Carvajalino es un barranquillero de tiempo completo. Su pasión es, ha sido y será la música de su tierra pero no es músico -equivalente a no ser contador de anécdotas en el Huila– es decir y en suma, una especie de minusválido social.
Durante su entretenida vida ha ejercido los oficios más inimaginables desde animador de circo a profesor de una universidad pirata, ambas profesiones afines. Eso lo hace en los tiempos libres que le dejan las cumbias, porros, paseos y mapalés, conocidos, desconocidos, frustrados y nonatos.
Su alma pertenece a los cafetines de mala muerte donde se reúnen los compositores costeños en las inmediaciones del Ley.
Nadie ignora en Barranquilla que cualquiera que no sepa escribir música puede acudir allá, tararear composiciones y, por unos pocos pesos, se la devolverán convertida en partitura que el cliente podrá hacer interpretar por músicos profesionales cuando se le venga en gana.
Los amanuenses de la música cobran desde el equivalente a dos o tres de ron hasta dos o tres de Old Parr según el marrano. A Carvajalino le cobraban en ron y no en wiskie hasta que le sonó la flauta. Todo avance tiene su precio, sabido es.
III.- Caliéntame el calentao
Después que Carvajalino regresó del San Pedro a Barranquilla, comenzó a vivir engolosinado con su flamante flauta. La tocaba a toda hora, incluso cuando hacía sus necesidades en el baño que, por lo mismo, se prolongaban hasta por varias horas. Tanto que su esposa, doña Mercedes, franca y frentera como buena costeña, no le quedó remedio distinto a echar el comentario que tenía atravesado en la garganta desde hacía un mes:
- Mieda, pero a Carvajalino ahora le da por hacer soná esa bendita flauta hasta cuando está cagando.
Carvajalino ya ni siquiera se levantaba temprano a calentarse el calentado –una inveterada costumbre– sino que, de una, se iba a la playa a hacer sonar la bendita flauta que ya estaba enloqueciendo a toda la familia y, por supuesto, a los vecinos.
Ni siquiera volvió a tratar de componer una pieza con ese acto doméstico cotidiano con las estrofas de “caliéntame el calentao que lo tengo bien parado…”, inspiración fangosa que nunca logró salir de su encabezamiento, sino que dale y dale, saquéele sonidos a la flauta opita porque en el fondo de su cerebro había algo, una especie de Alien atávico que luchaba por emerger al mundo de los emparrandados.
Por su parte, doña Mercedes se confesó con sus amigas cuando no pudo aguantar más la cosa, a la semana siguiente: -“Hombe, está bien que un man sea malo pa´conseguí centavos pero que vá, que guade el decoro y no ande por ahí haciendo el ridículo con una flauta a toda hora que es como avisarle a todo mundo, vea aquí estoy, no hago más na sino tocá la flauta y mi mujé me mantiene…no que vá…eso no se hace”
Lo que la señora Mercedes ignoraba era que dentro de muy poco a Carvajalino le iba a sonar la flauta.
IV.- Ocio ventiao
Pero que podía importar el mundo si Carvajalino vivía feliz de la pelota. Por primera vez tocaba un instrumento sólo, sin la ayuda de un músico profesional. Las melodías le iban saliendo como si alguien del más allá, del Reino de la Música, se la fuera dictando y le manejara los dedos, de yapa.
La flauta le sonaba como is hubiera sido la compañera de la vida. La muchacha de servicio –Petrona– también estaba aterrada por esta inesperada interrupción de la rutina que los había acompañado en el hogar por tanto y tantos años.
Para ella, en todo caso, el asunto era muy claro: Carvajalino era su patrón pero de mentiritas porque no el que mandabamandaba porque no era el que pagabapagaba. Eso lo hacía doña Mercedes.
Sin embargo, para Petrona Carvajalino, era un buen patrón que se había enloquecido como don Quijote de tanto escuchá tambó y por ese maldito no hacé ná, ocio ventiao a toa hora. Pero para qué, el hombre había sido buena persona con ella siempre –elucubraba Petrona para sí- y cuando él lograba levantá alguna platica -ue no era muy seguido tampoco- le regalaba un buen montón de billetes.
Al verlo ahora en estado calamitoso, tocar la flauta día y noche “como embrujao”, sentía una inmensa conmiseración por él.
Tratando de propiciar su mejoría comenzó a darle infusiones de hierba plata que, según la bruja de la galería, servía para regresar a la cordura a los hombre maduros que la perdían con suma facilidad y, por eso en la mayoría de los casos, perseguían mujeres jóvenes que, en todo caso, no era el problema de Carvajalino, ni antes, ni ahora.
V.- Hechiceros de Pitalito
Estando en estas, cualquier día, Carvajalino salió de la nube etérea que lo envolvía desde su regreso de Neiva con su flauta (“¡de pronto allá lo embrujaron, los hechiceros de Pitalito!”, sentenciaba la santa sirvienta que estaba muy enterada y al día de todo lo que tuviera que ver magia negra) miró a Petrona con ojos ausentes y le preguntó cualquier cosa, como para darle a entender que se había dado cuenta de su preocupación por él y que, por lo mismo, se la agradecía desde el fondo de su alma:
- ¿Y que hay de tu novio, Petrona - le preguntó Carvajalino a la sirvienta como por entablar alguna conversación
- No quiero sabé ná de ese sinvergüenza.
- ¿Cómo es que se llama?
- Luis Francisco Ramos
- Pero ustedes se querían mucho y formaban una gran pareja en en la rueda del cumbión.
- ¡Que va… eso se va apagando…!
Fue como si hubiera caído un rayo en medio de la habitación. No acaba de irse Petrona cuando todo lo que decía la flauta, más lo que había pensado durante tantos días, comenzó a juntarse como un rompecabezas mágico.
Carvajalino fue presa del frenesí, esta vez un frenesí creativo, no sin ton ni son como había sido hasta ahora.
Se paraba, se sentaba, tomaba papel y lápiz, dejaba la flauta, tomaba la flauta y la hacía sonar, tamborileaba los dedos y hasta saltaba de puro gozo cuando las piezas del puzzle se fueron poniendo cada una en el lugar que les correspondía y comenzaron a rugir las estrofas como si esa canción la hubiera conocido de toda la vida: “En la rueda del cumbión sus amores comenzaron …Los amores de Petrona con Lucho Francisco Ramos….….y en la rueda del cumbión sus amores acabaroncomo se apagan las velas cuando se van acabando…”
Se fue entonces, derecho a donde su escritor musical de cabecera y se la zampó de una por el equivalente a tres de ron.
VI.- Carnaval privado
Cuando en Neiva nos enteramos que a Carvajalino le había sonado la flauta, estallamos en carnaval privado y salimos a la calle a cantar el tema que había sido galardonado con el Primer Premio del Carnaval de Barranquilla. Su flamante autor recibió más dinero junto que todos los negocios que había hecho en su vida. Le regaló una mini pensión a Petrona.
Mercedes logró rescatarle algo antes que se bebiera el resto con sus amigotes.
Llamamos por teléfono a Carvajalino y le deseamos una carrera pletórica de futuros triunfos y nuevas y espectaculares composiciones que jamás se producirían.
El único recuerdo cierto que le quedó de su triunfo de un día, fue que los escritores de partituras de los bares de mala muerte le subieron la tarifa porque ahora lo llamaban “maestro” y como a él le complacía de sobremanera ese título y, además y por no dar su brazo a torcer ni perder dignidad ante los demás, pagaba la nueva tarifa sin chistar, que era el equivalente a tres botellas del viejo Old Parr.
*PABLO PARRA es un escritor chileno que se acostumbró -por necesidad de producir dinero para vivir - durante varios años de su vida, a escribir una obra literario/periodística cada día, denominada “Historias de la Vida Real”, con episodios sencillos de la vida cotidiana. Así completó más de mil que fueron publicadas en medio centenar de periódicos del mundo, también en Colombia. Incansable y paciente recopilador de esas historias sencillas de la gente común y corriente, rara vez da a conocer – aún en la actualidad - su condición de escritor a fin que sus futuros personajes continúen actuando con naturalidad, cuestión que llega a transformarse, en ocasiones, en un verdadero misterio para sus contertulios convencidos –al menos en el Huila- que quien está frente a ellos escuchándolos con impresionante atención, simplemente no hace nada y que, por lo mismo, debe ser un hombre tan feliz y dichoso, como Celio en su hamaca.
Por desgracia para él, no es así: cuando regresa de sus permanentes cacerías de historias y personajes, escribe diez o doce horas al día y produce diversos escritos que son utilizados en el ámbito literario, periodístico, cultural y académico en varios proyectos permanentes de diversa índole en varios países del mundo. Parra es lo que en el ambiente editorial se denomina como “escritor en la sombra”. Casado con una prestante científica oriunda de Gigante, formada ésta en universidades de Estados Unidos, Chile y varios otros centros de internacionales, y brillante catedrática en la actualidad de la Universidad Javeriana en Bogotá, el chileno vive enamorado no sólo de su esposa sino también del Huila, tal como ocurriera con su hermano del alma, Luis Cortes Southerland, a quien el escritor invitara a pasar un fin de semana a Gigante, “fin de semana” que se prolongó por casi 30 años, tanto que sus restos descansan en el Huila. Nos referimos, por supuesto, al inolvidable “Lucho” el más importante, genial y desconocido fotógrafo que haya pisado tierra colombiana y que se convirtiera en maestro, guía y profesor de las nuevas generaciones de periodistas y reporteros gráficos del Huila.
Después de mucha insistencia Pablo Parra aceptó recopilar para una editorial latinoamericana algunas de sus “Historias de la Vida Real”, referentes a sus experiencias en el Huila. Nuestra editorial – NUEVA IMAGEN – adquirió los derechos para publicar la obra en Colombia.
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